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DIARIO TRAPO ILUS. DE INjg PRADO OE SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES V DIARIO TRADO ILUSDE iN FORMACIÓN GENERAL KEiSACCSON y ADMINISTRACIÓN; FORMACIÓN GENERAL ANUNCIOS: UELA 2 QUE 2, Y SEVILLA. U A N D O entramos en un cementerio, hay algo en nosotros que se para; casi, casi, diríamos que se nos para el corazón. Porque sabemos que allí viven los muertos. Todo adquiere, en el rectángulo tapiado, una singular importancia: la hierba, los mármoles, los nombres, la arena que pisamos. Nuestro ser se encoge como disponiéndose a oír o descubrir una gran revelación. Hemos perfetrado en el mundo de las verdades irremediables. Nos sorprende que alguien acepte el oficio de enterrador; agradecemos a los cipreses su elegancia; pensamos confusamente: éste podría ser yo. E n el suelo hay siempre una cruz que se ha caído. Adivinamos, debajo de los montones de tierra removida en el interior de las fosas, el drama inmenso de la transformación de la materia: madera, roparpelo, huesos, todo va perdiendo su propia naturaleza, todo cruje, y al dejar de ser lo que es, efectúa minúsculos desplazamientos. S a b e mos que allá dentro tiene lugar un combate sin piedad, que los elementos combatientes no tienen salida, que al ceder cualquiera de las partes se origina un cataclismo. Nos resistimos a admitir que el gusano es el rey. Nos da vergüenza que acaso sólo lo de oro- -un diente- -permanezca inmune. ¿Qué ocurrirá cuando la noche invada el cementerio? Estamos lejos de nuestro bautismo. Lejos de la ciudad. Lejos de la resurrección de la carne. Hemos penetrado en el mundo de les irremediables errores. Los nombres terminan por acaparar nuestra atención. Leemos nombres, fechas, calculamos los años transcurridos. A l comprobar que el esposo se reunió con la esposa, experimentamos una íntima sensación de alivio. Es lo normal, el tiempo ha realizado la obra perfecta. Cuando el muerto es un niño, nos rebelamos. L a blancura de la lápida tiene irisaciones de sutil protesta. Cuando una edad coincide con la nuestra, el corazón acelera su ritmo, se defiende, i Qué honda melancolía! E l combate no ha cesado. Nombres, nombres nos rodean per todas partes. Todo el alfabeto está ahí asesinando. Hay nombres ext r a ñ o s cuyos portadores debieron de creerse inmortales. Hay nombres corrientes, hay nombres humildes, hay nombres de muerto. E n nuestros cementerios españoles, el sistema de los nichos acentúa la impresión de fichero. Y los nichos sin habitar, los huecos de nadie, representan a la voracidad. Ningún cementerio está nunca completo; siempre surge un albañil que dibuja nuevas bocas. Todcs los cementerios nos producen una conmoción profunda; lo mismo los grandes como ciudades que los pequeños a la salida de un pueblo; pero yo recuerdo con especial tristeza el situado en el cerro que domina Toulouse. L o visité hace cinco años, el día de Todos los Santos, al atardecer, bajo un cielo de nubes moradas y rojas. Apenas cruzado el umbral, los fabulosos panteones de los judíos. Panteones cuadrados, como cajas de caudales. Las. C CEMENTERIO DE TOULOUSE puertas de estas cajas estaban abiertas de par en par, dejando al descubierto mármoles maravillosos y esqueletos danzando al viento que crispaba el cerro; panteones y tumbas de concepción masónica, con el nombre escueto, sin cruz. Luego, los panteones y las tumbas de los cristianos. Con los epitafios de siempre, con las coronas y cintas, con el amor y el dolor ingenuamente expresados; con las cruces ascendiendo a medida que las construcciones trepaban monte arriba. Y de repente, en uno de los callejones del Este, destacándose entre las cruces, dominándolas a todas, una hoz y un martillo coronando un extraño templete. Todos los visitantes dábamos un paso atrás. Era lo inesperado, la infiltración, la amenaza. L a hoz nos citaba en el aire con ademán de guadaña. E l decorado era aparatoso y en el templete una inscripción decía: Aquí descansan los hermanos Sicart. ¿Serían los hermanos Sicart exilados españoles? E l símbolo elegido, preferido a la cruz, ¿tendría la duración que ésta tendrá? ¿Qué ocurriría cuando el viento histórico lo barriera de la montaña? Los hermanos Sicart se quedarían absolutamente desamparados; no oirían sino el tintineo de los esqueletos en los panteones de los judíos. Pregunté. Nadie sabía. Hermanos Sicart. hombres que eligieron, para presidir su descanso eterno, el signo de una lucha temporal. E n el interior, su materia se transformaría, sus corazones adquirirían la forma de rojas estrellas. Hombres lejos de su bautismo. Lejos de su patria. Próximo a la resurrección de la carne. Próximos porque todo lo que ha da llegar algún día está cerca. ¡Qué profunda conmoción! Alrededor del templete, un incalculable número de tumbas cristianas. E n definitiva, ésta era- -ésta es- -la esperanza; para ellos, para nosotros, para el mundo. Para la indescriptible belleza de los propios cementerios. José María G I R O N E L L A E M A N ha compuesto para el teatro un Edipo No lo conozco todavía, pero el arranque de llegarse a la inspiración de Sóflocles y, en tiempos completamente ajenos al ciclo tebano, montar en escena las desventuras del hijo de Layo y Yocasta, resulta un ejemplo laudable, que no pocos deberían seguir. Los temas de la clásica y heroica antigüedad han estado siempre de moda, y es natural que así sea para continuar, como en la carrera de la antorcha d Lucrecio, la corriente de la civilización v la cultura. E n Francia, durante los últimos años, han vuelto a los temas trágicos de Esquilo, Sófocles y Eurípides Giraudoux, Anouilh y algunos existencialistas. Tal vez haya en el uno o en otro excesos de modernidad y falta de respeto a lo que ha conservado la tradición desde hace dos mil años por lo menos. Sin embargo, de todos modos, el acercarse a esa corriente de eterna poesía y emoción acusa una inquietud de espíritu digna de loa. E l mismo Pe- P EDíPO m a n tiene ya en su activo poético y teatral, una Antígona que, como todos saben, es una de las hijas incestuosas Edipo y Yocasta, la cuai acompaña a su padre, desdichado y ciego, víctima del espantoso ananké cernido sobre la casa de Layo. Además del Edipo Rey y el Edipo en Colona (traducidos al castellano ñor el famoso humanista escolapio del siglo X V I I I padre Estala, y en nuestro tiempo por el jesuíta padre Ignacio Errahdonea) hay muchos Edipos en la historia de todas las literaturas europeas, sin olvidar a Séneca y la Tebaida de P u blio Papino Estado, que no llega a la Eneida de Virgilio, pero no por eso merece desdén. Es poema referente más que al propio Edipo a la lucha fratricida de sus dos hijos, Eteocles y Polinice. E n Inglaterra hay un Edipo de Dryden; en Francia, otro de Voltaire, y en España, uno magnífico de Martínez de la Rosa, recogido por don Pedro de Novo y Colson en sus Autores dramáticos contemporáneos con un prólogo dedicado al genial poeta y dramaturgo por don Marcelino Menéndez y Pelayo. L a obra, en dos tomos grandes, lleva un estupendo trabajo sobre el teatro español en general, de don Antonio Cánovas del Castillo, y monografías acerca de cada autor allí representado. Las páginas de Menéndez y Pelayo constituyen lo más acabado e instructivo que se ha dado a la estampa acerca del teatro griego y del caso de Edipo en particular. Y, todo ello en pocas líneas y usando la majestuosa elocuencia con que el inmortal polígrafo santanderino define almas, situaciones, caracteres y las mil circunstancias de la marcha de la civilización y la poesía por las edades. Sería ofender la cultura de los lectores recordarles, aun en compendio, el ciclo tebano. Todos recuerdan a Layo y a Yocasta; el oráculo que les anuncia un hijo asesino de su progenitor y esposo de su madre; a los soberanos de Corinto Polibio y Merope, o bien al pastor Forbas; la muerte violenta de L a y o el enigma de la Esfinge que soluciona E d i po las bodas del que se creía un extranjero con la reina, que no es sino su propia madre Yocasta; el nacimiento ds Eteocles y Policine, Antígona e Ismene; la anagnórisis de la espantosa situación que hace al protagonista vaciar las cuencas de sus ojos para implorar, ciego, la pública compasión del brazo de Antígona y las dos incursiones de los siete sobre Tebas en los días de Polinice y Eteocles y en la llamada guerra de los Epígonos. Es de ta! grandeza el asunto, que muy pocos lo han tratado bien, como confirma el estudio de don Marcelino, pues ni el propio Séneca pudo oponerse a la altura del tremendo sino trágico y sólo se hombrea con Sófocles Martínez de ¡a Rosa, E l talento, la cultura bien asentada, el tacto, la maestría y la vena poética de Pemán habrán conseguido, seguramente, una obra tan digna de alabanza como la llevada a término por el autor de Aben Humeya y L a conjuración ds Venecia Luis A R A U J O- C O S T A